27 de agosto de 2008

¡Inundaciones y cambio climático: de vida o muerte!




De vida o muerte. Nunca como antes esta frase hecha o lugar común que he utilizado durante mucho tiempo en charlas, conferencias y escritos, tiene mejor aplicación debido a las recientes inundaciones causadas por las lluvias en todo el país.
Y es que resulta increíble que cada vez que llueve tengamos noticias de inundaciones, desastres, pérdidas de vidas, de patrimonios, y que todo sea culpa de un fenómeno meteorológico inesperado, de grandes proporciones, con niveles de precipitación históricos.
Digo que resulta increíble porque científicos, organizaciones internacionales como la ONU, periodistas y organizaciones no gubernamentales, llevamos años destacando las consecuencias del calentamiento global y del cambio climático.
La principal de ellas, y que ahora vemos y padecemos todos, son las precipitaciones pluviales intempestivas, de gran volumen, fuera de temporada.
Pero parece que predicamos en el desierto porque, al menos en México, autoridades y sociedad nada han hecho para mitigar las posibles consecuencias de estos fenómenos. Por lo tanto, cada vez que llueve enfrentamos las noticias desastrosas.
¿De qué sirve, pregunto, tener Atlas de riesgos a niveles federal, estatales y municipales, donde están bien ubicados los percances a los que puede enfrentarse una comunidad, los sitios de mayor peligro, si nada se hace para concientizar a la población de ese riesgo y enseñarle cómo mitigarlo?
¿De qué sirve, vuelvo a preguntar, que haya Consejos de Protección Civil, si sólo se reúnen cuando la desgracia ya está encima?
Creo que no hemos aprendido de las muchas lecciones que hemos vivido y seguimos tropezando con la misma piedra: autoridades ineficientes, sociedad desinformada y desorganizada; gobiernos paternalistas que piensan que con abrir albergues, dar despensas y pies de casa a los afectados ya solucionaron el problema, y también, hay que decirlo, vivales que se aprovechan para aparecerse en todos los sitios en desgracia para hacer negocio con las despensas, con las casas, con la ayuda que “papá” gobierno lleva.
Esto tiene que acabarse. Y tiene que acabarse de inmediato. Es imposible seguir tapando el pozo después del niño ahogado. Hay que decir a la población que vive en zonas de riesgo porque su fraccionamiento fue construido donde antes pasaba un río o un arroyo; que viven en una llanura rodeada de cerros y montañas, por lo que algún día tendrán que enfrentar el riesgo de inundarse y de enfrentar avalanchas de tierra, piedra y lodo.
Adicionalmente a ello, habrá que enseñarlos a mitigar ese riesgo, construyendo lo que sea necesario construir para que los daños sean mínimos: llámense muros de contención, drenajes pluviales mayores, enmallar los alrededores de los cerros.
Y la autoridad debe hacer su trabajo: por un lado, realizar campañas reales de prevención ¡mucho tiempo antes de que sucedan las tragedias y no cuando la gente ya está en los albergues! Ahí no sirven para nada.
Tendrá que revisar sus drenajes pluviales –donde los hay, porque existen muchas ciudades que ni eso tienen- y desazolvar el sistema de drenaje; realizar acciones de prevención de deslaves, campañas sanitarias –tenemos ciudades inundadas y ni una acción para prevenir el dengue o el paludismo-.
Todo esto que acabo de enunciar es lo que los expertos llaman adaptación. Ciertamente no vamos a poder detener los fenómenos meteorológicos, que cada vez serán de mayor intensidad, pero sí podemos mitigarlos y aprender a vivir con ellos en forma que no lesione nuestra integridad física ni la de nuestros familiares, en forma que no dañe nuestro patrimonio.
Es tiempo ya de que el gobierno deje las actitudes paternalistas y asuma el papel que le corresponde para informar a la gente qué es el cambio climático, cuáles sus efectos, cómo mitigarlos y cómo adaptarse a ellos.
Y ésta, créanme, es una tarea de vida o muerte.
(Fotografía: Jesús Montoya. www.am.com.mx)

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